A menudo nos sentimos perdidos cuando una emoción intensa nos embarga. Existe un gran desconocimiento sobre qué son las emociones, cuáles son sus funciones, cómo podemos aprender de ellas y permitirnos sentirlas más a nuestro favor.
Nuestras dificultades para permitirnos sentir nuestras emociones nos llevan, en muchos casos, a tratar de anestesiarlas como sea.
Estamos diseñados con recursos infinitos para adaptarnos al mundo y sentirnos plenos y realmente vivos de forma natural.
Mi propuesta es permitir que nuestras emociones nos llenen de vida y la coloreen sin que nos limiten ni la compliquen en exceso.
Conociendo las emociones
Es importante que reconozcamos que no hay unas emociones buenas y otras malas ya que todas son positivas y útiles en el sentido de que nos ayudan a movernos adaptativamente por el mundo.
Es más adecuado clasificarlas como agradables o desagradables según el momento. También resulta útil evaluar su nivel de intensidad ya que nos indicará, entre otras cosas, la urgencia con la que atender el asunto que señalan.
Una misma emoción -la alegría, por ejemplo- puede ser dulcemente agradable en un momento determinado y en otro sentirla de forma desagradable porque su nivel de intensidad es excesiva. Lo mismo sucede con el miedo, por ejemplo, puede ser desagradable cuando sentimos una sensación de pánico porque peligra nuestra vida y agradable cuando la sentimos durante una caída libre en un parque de atracciones.
Sintiendo nuestras emociones
Más allá de como las evaluemos o no, lo realmente esencial es que escuchemos nuestra voz emocional interior. Vamos a ver algunas orientaciones básicas:
1. Darnos cuenta…
En primer lugar, necesitaremos estar atentos a nuestro cuerpo, a las sensaciones que aparecen, notarlas y sentirlas de forma que podamos reconocer qué es lo que nos está sucediendo y cómo lo estamos sintiendo. Suele ser útil atender a reacciones fisiológicas como cambios en la temperatura corporal, tensión en determinadas zonas, vibraciones o temblores, cambios en nuestra respiración, sensaciones de contracción o expansión, cambios en la expresión facial, etc.
Las emociones, las experimentamos en el cuerpo por lo que es vital que tengamos cierta consciencia corporal, así como la capacidad de prestar atención, algo que hoy en día con tanta sobreexposición a estímulos diversos está viéndose realmente reducida.
Es muy común preguntarle a alguien por lo que está sintiendo y que te responda con diversos pensamientos sobre la situación que está viviendo en vez de expresar lo que siente y cómo lo siente. Por ello, va a ser importante que estemos conectados y escuchemos los mensajes que nos va enviando nuestro cuerpo. Solo así podremos conocer nuestro paisaje emocional interior.
2. Sostener y abrirse a la emoción…
Del mismo modo, es fundamental que las podamos sostener, dejarnos estar con esas sensaciones sin juzgarlas, ni juzgarnos, ni presionarnos y aceptando la realidad de lo que sucede. No siempre es una tarea fácil. Con frecuencia, las emociones pueden ser muy dolorosas, pero resistirnos a ellas solo empeorará la situación. Y es que el dolor es inherente a la vida, no podemos escapar de él.
Lo que nos digamos sobre lo que significa sentir o expresar una determinada emoción va a influir por completo en nuestra vivencia de ella, pudiendo transformar nuestra experiencia emocional por otra totalmente distinta (si me digo que por estar triste soy alguien débil es probable que sienta enfado contra mí mismo).
Es necesario poder vivir y validar todas las emociones sin penalizarlas. Es importante que nuestras creencias estén en sintonía con la aceptación de la vivencia emocional y con la importancia que tienen en nuestra vida. Que superemos la deshonestidad emocional, nos apropiemos de nuestras emociones, nos sintamos con derecho a sentir y nos hagamos responsables de las emociones que surgen en nosotros sin necesidad de justificarnos ni de proyectar en los otros lo que es nuestro.
Al permitirnos sentir con total libertad nos validamos, autoafirmamos y nos colmamos de autoconfianza y fortaleza.
Es interesante hacer una revisión sobre nuestras creencias hacia la esfera emocional en general y hacia cada emoción en concreto. Algunas preguntas que pueden resultarnos útiles en esta revisión son las siguientes:
- ¿Qué pienso de las emociones?
- ¿Cómo se vivían o expresaban las emociones en mi familia?
- ¿Qué pienso de la tristeza, del enojo, del miedo y de la alegría?
- ¿Qué me digo cuando siento cada emoción?
- ¿Cómo me suelo sentir ante cada una de estas emociones?
3. Reflexión y acción…
Una vez reconocemos, validamos y sentimos la experiencia podemos iniciar el proceso de reflexión. Identificar la emoción e identificar el estímulo -o estímulos- que la ha generado (la persona, la situación, el pensamiento, el recuerdo, etc.) nos ayudará a orientarnos en su propósito y a expresarla o ejecutarla si es necesario de la forma más conveniente.
Cada vez que nos permitimos sentir la emoción y aprender de ella, podremos soltarla y pasar a otras vivencias y emociones.
Es útil tener cierto vocabulario emocional ya que nos ayudará a reconocerlas y a expresarlas. Frecuentemente, las emociones se entremezclan y entramos en cierto caos interno (una misma situación me puede generar miedo, enojo y culpa, por ejemplo). Separarlas y ponerles nombre puede ayudar a ordenar este caos emocional. Al fin y al cabo el lenguaje estructura nuestras experiencias y también contribuye a que podamos comunicarnos con los demás y puedan comprender lo que nos está sucediendo.
También es importante conocer y comprender las diferentes funciones que cumple cada emoción, ya que esto orientará nuestra expresión y respuesta cuando aparezcan (la tristeza induce a la reflexión, a aceptar las pérdidas; el miedo nos indica que hay un peligro, etc.). Conocer los problemas que detectan y los caminos que resuelven estos problemas nos facilita poner la mirada en esa dirección y agradecer su aparición aunque haya podido ser dolorosa o inquietante.
Nuestra esfera emocional, a veces, puede resultar compleja e incierta y no siempre vamos a lograr identificar lo que nos sucede ni mucho menos ponerle palabras. En estos casos es mejor no forzarnos y simplemente dejarnos sentir y tratar de guiarnos desde ahí. También puede ocurrir que sintamos una combinación de emociones que resulten contradictorias y necesitemos buscar la manera de darles espacio y de integrarlas.
No podemos elegir nuestras emociones pero sí podemos permitirnos sentirlas, aprender de ellas y actuar en sintonía.
Reflexionar sobre el impulso que me genera determinada emoción, moderar su intensidad, contenerla si es necesario, o aplazar la respuesta para reflexionar sobre ella y sobre lo que resulta más conveniente para uno y para el entorno optimizará su función.
Asimismo, es útil tener en cuenta que muchas emociones, aunque se presentan antes estímulos actuales, en realidad están respondiendo a emociones sin resolver de sucesos pasados. Es especialmente importante tratar de diferenciar emociones presentes de emociones del pasado ya que estas nublan los sucesos actuales.
De igual modo, es tremendamente útil aprender a soltarlas una vez hayan cumplido su función, no apegarnos o engancharnos a ellas.
En general, compartir nuestro paisaje emocional “abrirnos y expresarnos” nos acerca a los demás, incrementa nuestra intimidad, nos hace sentir escuchados, atendidos, entendidos, reconocidos y validados. Esta sintonización emocional con otras personas funciona de conexión social y resulta esencial para los seres humanos.



